Respira!

IMG_9509Si estamos en reposo reclamamos el aire, más o menos, trece veces por minuto. Si estamos subiendo una cuesta el ritmo se acelera; si estamos alterados por nerviosismo, la respiración también cambia. Si estamos enfadados y airados la respiración es corta y muy agitada. A un estado físico corresponde una frecuencia e intensidad de la respiración, pero también a un estado de ánimo le corresponde un ritmo de respiración.

Una respiración tranquila corresponde a una mente tranquila; una respiración ansiosa corresponde a una mente ansiosa; una respiración agitada, corresponde a una mente agitada. La buena noticia es que desde la respiración podemos calmar la mente, y al revés, desde la mente podemos dominar el ritmo de la respiración. Se puede afirmar que nuestra respiración es nuestra mente y nuestra mente es nuestra respiración. Pero no somos conscientes de ello.

Experimentamos a menudo que la mente nos lleva donde no queremos ir: pensamientos, recuerdos, emociones, fantasías van y vienen sin el más mínimo control. La mente es un órgano reflejo, que no puede estar sin producir juicios, valoraciones, asociaciones, comparaciones, ensoñaciones a un ritmo vertiginoso, donde se confunden los unos con las otras.

Para ser conscientes de lo que pensamos y sentimos y si queremos vivir con cierta paz, hemos de ralentizar la mente. Ralentizar no significa dejar en blanco o pararla, porque es imposible, pero sí podemos aquietarla y quitar mucha basura mental y mucho sufrimiento.

Para ello, hemos de hacer ejercicios de control. Un ejercicio muy importante, que recomiendan todas las escuelas de meditación y todas las tradiciones de espiritualidad es ser consciente de la respiración. Primero porque la respiración nos sitúa en el presente y no dejamos que la mente viaje constantemente al pasado o al futuro, sacándonos de la realidad; no podemos respirar ni el futuro ni en el pasado: sólo podemos respirar en el presente. En el instante de ahora.

Centrarnos en la respiración nos ayuda a descubrir nuestra mente y sus tendencias. Al calmar la mente surgen otros estados más intuitivos, más espontáneos, imposibles de experimentar con la cabeza llena de pensamientos, anhelos y distracciones.

Centrarse en la respiración hace posible que nos conectemos con nuestro ser interior, que adaptemos nuestro ritmo al ritmo natural y eso nos amplia enormemente el espacio, como que se ensancha el ánimo y hay una especie de conexión con todo. Es la antesala de la meditación.

Así que podemos decir que respirar, además de ser lo que nos mantiene vivos, sirve para conectarnos, para centrarnos, para buscar el equilibrio, para estar en paz.

Si hacemos algún ejercicio de, por ejemplo, contar las respiraciones que hacemos en un minuto y después nos damos un tiempo para hacerlas más conscientes y prolongadas, veremos que la mente se aquieta, que el cuerpo se relaja y que se adquiere una sensación de tranquilidad. Es decir, posibilita armonizar la vida corporal con la mental, la emocional y la espiritual.

No será fácil, porque la mente se resistirá a perder el dominio, y por eso hay que entrenarse y dejar ir los pensamientos y no dejarse arrastrar por ellos, pero si insistimos, veremos que centrarse en la respiración es saludable. Si tienes alguna tensión, respira. Si estás emocionalmente alterado, respira; cambia el ritmo de la respiración y hazlo consciente y todo se irá calmando.

La respiración que habitualmente hacemos es la torácica, es decir hinchamos el tórax a la vez que introducimos el aire, y lo expulsamos rápidamente; es la respiración que podemos llamar espontánea, que no es una respiración profunda. Hacer una respiración completa supone hacerla conscientemente, respetando un ritmo determinado. Una muestra de respiración consciente es la hace consciente tanto la inspiración como la espiración.

La inspiración, la entrada de aire en los pulmones se ha de realizar de manera continuada, sin parar, lentamente, en un flujo de aire suave y fácil, hasta llenar los pulmones. Una inspiración profunda tiene tres momentos: primero llenamos la parte más profunda de forma que la tripa sale hacia afuera empujada por el diafragma. Una vez que hemos hinchado la tripa, llenamos el tórax (la parte media del tronco). Y una vez llenado el tórax, llenamos la parte clavicular o superior.

La espiración también se realiza en tres fases continuas, pero en sentido inverso. Es decir, primero liberamos el aire de la parte superior, luego del tórax y finalmente de la tripa, soltando el aire lentamente y de forma continuada, intentando vaciar los pulmones, porque de ese modo podemos llenarlos de aire renovado nuevamente.

Podemos probar a realizar una serie de diez respiraciones completas, a ver qué pasa.

Foto y Texto: Camí Endins

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