Año nuevo. Os deseamos…SILENCIO

whatsapp-image-2016-12-31-at-14-17-00

Foto: Camí Endins

Parece un contrasentido y un imposible.

El silencio parece que se opone a la vida, al ritmo, a estar en el trajín de la existencia. Lo importante parece ser el movimiento, o más bien la velocidad. Silencio se asocia a pasividad, con el silencio parece que todo se para y es muy aburrido. Una persona de nuestro tiempo ha  de estar constantemente a la escucha de lo que sucede fuera: en la tele, en la red, en la vida social; lo contrario es vivir aislado ¿a qué viene, entonces, desear silencio? necesitamos estar siempre conectados, porque de lo contrario nos podemos perder algo vital y esto nos crea preocupación. Se suele decir: “¿…y si apago el móvil y no me pueden localizar?”, “¿…y si publican en twitter algo importante y me lo pierdo?” Casi tenemos los mismos síntomas de un síndrome de abstinencia; si no tenemos ruido a nuestro alrededor nos sentimos angustiados. Podemos hacer una prueba ¿cuánto tiempo transcurre desde que se entra en casa y se enciende la tele o la radio o la cadena de música?…y eso si no venimos con la música ya puesta en los auriculares.

Por otra parte, es imposible hacer silencio en la vida diaria. Todo está lleno de ruidos, sonidos estridentes, cómo hacer silencio en el metro, en la calle, en casa con las criaturas. Eso es para personas desocupadas o para monjes y monjas que viven retirados en monasterios, lugares plácidos y silenciosos.

Sin embargo, el silencio es necesario para escuchar, que no es lo mismo que oír. Escuchar el mundo, las personas con las que estamos, escucharnos, sobre todo, a nosotros mismos. Hemos de dejar espacio para que entren cosas distintas de las que nuestra mente crea. El verdadero efecto del silencio es que nos sitúa ante nuestro propio sonido, que no es otra cosa que el mismo silencio espacioso y pleno donde se acaban las palabras y los sones, donde se produce la pura percepción del presente…y a veces nos da miedo y por eso huimos; por eso tratamos de ocultarlo o de negarlo, generando ruido para no oír lo esencial.

Según Miguel de Molinos (s. XVII)  hay “tres maneras de silencio. El primero es de palabras; el segundo, de deseos, y el tercero, de pensamientos…No hablando, no deseando, no pensando…se oye la interior y divina voz; se comunica la más alta y perfecta sabiduría.”

Por tanto hacer silencio no es estar callado solamente, no es dar la callada por respuesta, no es el silencio de la indiferencia. Hacer silencio es aquietar la mente, que no es lo mismo que dejar la mente en blanco.

La mente no cesa de producir pensamientos, constantemente busca asociaciones,  planea, fantasea, imagina… a la velocidad de la luz; juzga, mide, valora y compara unas cosas con otras… es un continuo bullicio. Es necesario pararlo, porque si no lo hacemos perderemos la escucha, los detalles, la mirada, la belleza de las cosas pequeñas que suceden; nos perderemos a los demás, porque nada que no sea lo que produce la mente tiene cabida en ella.

Nos perderemos la vida, que está escondida en los detalles del presente: ser conscientes del olor del café recién hecho, o de lavarse las manos, percibir el fluir del agua, caminar estando atentos a las sensaciones de la brisa o mirar con mirada amplia contemplativa del rostro y las manos del que va en el metro o autobús, saborear lentamente las palabras y los gestos que nos dirige quien está hablando con nosotros. Sentir el olor del trayecto. No juzgar, no querer cambiar lo que surge, simplemente fluir con ello. La consecuencia de todo esto es el silencio y una mayor plenitud y sosiego, que es la que produce el descansar en uno mismo.

Voy a presentar dos hechos que he vivido recientemente, que pueden ilustrar un poco la distinta manera de vivir el silencio.

Hace unos días estuve acompañando a un grupo de chicos de 16 a 18 años a visitar un huerto ecológico en plena naturaleza, no muy lejos de la ciudad. Los ruidos y sonidos eran distintos: cerca había un pájaro cantando, el fluir del agua de la acequia, nuestras propias voces, que necesariamente eran más suaves que de costumbre, porque no necesitábamos gritar para oírnos. No tardaron mucho en decir que se agobiaban, que vaya aburrimiento, y a pesar de que el dueño del huerto les insistía en que valoraran los sonidos que no percibían habitualmente, volvían a insistir que les faltaba ruido en los oídos y pedían ponerse los auriculares para escuchar música, porque se aburrían…y el nerviosismo iba en aumento.

Al cabo de un mes, más o menos, estuve hablando con un hombre que vive en el campo en soledad; en soledad y silencio buscados y queridos. Sin embargo, explica que él siente la necesidad de venir a la ciudad. Cuando viene hace de voluntario en un comedor social. Según explica no le interrumpe el silencio venir al trajín de la ciudad; al contrario, él habla, interrelaciona y se hace amigo de los que van a comer…y sigue viviendo en silencio. Para él no hay separación entre silencio externo o interno. Vive desde sí mismo en el silencio amplio y espacioso que permite dar cabida a todo y disfrutarlo todo.

Parece que la ausencia de ruidos externos, no hace, por sí mismo, estar en paz. Huir a la montaña para encontrar el silencio no produce un efecto inmediato. Más bien, el silencio es una manera de vivir y vivirse. Es la única forma de disfrutar de la vida y encontrarnos con quien realmente somos: Silencio.

Hilario Ibáñez [Camí Endins]

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s